¡Llora!


Llora, y si no puedes, pídeselo a Jesús,

dile que te ayude a llorar,

llora como un niño que pide creyendo que recibirá,

pero no viertas lágrimas de autocompasión sino de liberación.

Llora, porque al llorar muestras tu debilidad y le permites a Jesús

venir a salvarte,

llora ahora, porque tal vez de niño no te lo permitieron,

te exigían ser fuerte para ser querido.

Con Jesús no es así,

Él te quiere débil, como un niño, quiere ser tu fortaleza.

Llora, hazlo tranquilamente delante de Jesús,

al hacerlo le estás rogando, su nombre es Salvación,

y deja que tu corazón de piedra se vaya transformando.

Llora, cuando no puedas orar,

cuando no quieras seguir,

cuando la maldad del mundo te pese demasiado,

cuando todo te empiece a parecer un sinsentido.

Llora, y no te importe que te vean,

devuelve con tus lágrimas la inocencia a este mundo corrompido,

porque si la sal se vuelve sosa,

¿con qué se la salará?,

tal vez con nuestro llanto.

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